Ecos del Sebo: Historias del Pishtaco y el Olvido

 El Silbido en la Quebrada

Hay historias que nuestras madres nos cuentan para que no nos alejemos del pueblo al caer la noche, y luego están las historias que el viento trae desde los cerros, grabadas con sangre y grasa humana.

Hay 


historias que nuestras madres nos cuentan para que no nos alejemos del pueblo al caer la noche, y luego están las historias que el viento trae desde los cerros, grabadas con sangre y grasa humana.

Todos en el pueblo conocían la leyenda del Pishtaco: ese hombre alto, pálido, de mirada vacía y botas pesadas que ronda los caminos solitarios de los Andes. Decían que llevaba un cuchillo curvo y una bolsa de cuero para extraer la grasa de sus víctimas y venderla a industrias lejanas. Para mí, hasta hace tres meses, no era más que un cuento para asustar niños.

Hasta que mi hermano mayor, Mateo, no volvió a casa.



Esa tarde, Mateo había subido a buscar a una de las cabras que se había descarriado cerca de la boca de la mina abandonada. Creciendo en la sierra, uno aprende a respetar las sombras cuando el sol cae detrás de los picos. La luz del atardecer no ilumina; arde en un tono carmesí oscuro que hace parecer que las montañas están sangrando.

A las ocho de la noche, salí a buscarlo con una linterna vieja y un machete oxidado. El frío te cala los huesos, pero el miedo que sentía esa noche era distinto: no congelaba la piel, congelaba la sangre.

A mitad del camino, el silencio de los Andes se volvió ensordecedor. Ya no se escuchaban los grillos ni el viento rozando el Ichu. Solo había un sonido. Un chasquido rítmico, metálico.

Clac. Clac. Clac.




Me arrastré detrás de unos roquedales, ahogando mis propios latidos. A unos metros, iluminado apenas por la luz pálida de la luna, vi la silueta. Medía más de dos metros, cubierto con un capote negro teñido por la mugre y el tiempo. No tenía rostro perceptible bajo el ala de su sombrero, solo una sombra espesa donde debían estar sus ojos.

A sus pies estaba Mateo. No se movía, pero sus ojos estaban abiertos, fijos en las estrellas, emitiendo un hilo de voz, un susurro roto que rompía la noche: “Mamá... la luz...”

El Pishtaco trabajaba en silencio casi absoluto, con una precisión aterradora y quirúrgica. Con un tubo de bronce y un corte limpio en el abdomen de mi hermano, extraía lentamente el sebo, guardándolo en un recipiente de metal. El olor no era a putrefacción, era algo peor: un olor dulce, denso, a manteca tibia quemada que se te pegaba al fondo de la garganta.

Quise gritar. Quise abalanzarme con el machete. Pero mis piernas simplemente no respondieron; el terror del Pishtaco no solo te asusta, te paraliza, te arrebata la voluntad.


En ese momento, mi hermano giró levemente la cabeza. Me vio entre las rocas. En lugar de gritar o pedir ayuda, cerró lentamente los ojos y me esbozó una pequeña sonrisa de despedida, como pidiéndome que me quedara callado, que viviera. Fue el momento más desgarrador de mi vida: ver extinguirse la luz de la persona que más amaba mientras el monstruo aceleraba su macabro trabajo.

Cuando la figura terminó, guardó sus frascos en el morral. Antes de marcharse, se detuvo. Giró su cabeza sin rostro directamente hacia la roca donde yo estaba escondido. No habló, pero dentro de mi mente escuché un murmullo helado, metálico y sin alma:

“La grasa fértil se acaba... pero la memoria dura para siempre.”

Se desvaneció en la niebla con el paso pesado de sus botas.

Encontré el cuerpo de Mateo al amanecer, frío, liviano como una hoja seca, desgajado de toda sustancia que lo hacía humano. En la gente de mi pueblo ya no hay llanto para estas cosas, solo un luto en silencio.

Hoy escribo esto desde la misma choza. Por las noches, cuando el viento sopla fuerte desde la mina, aún escucho el goteo sobre el metal y el susurro de Mateo. Pero lo peor no es el recuerdo... lo peor es que anoche, al mirar por la rendija de la puerta, vi un sombrero negro aguardando bajo la luna.


Sabe que sigo aquí. Sabe que aún tengo sangre caliente.